|
Carmina
A
María del Carmen Petraglia la conocí una noche de
carnaval del año 1966. Habíamos tocado en varios
lugares
esa noche y yo andaba bastante cansado. Ya pulsaba mi guitarra
eléctrica automáticamente, prestando
más
atención a lo que sucedía en la pista de baile
que a lo
que estábamos haciendo. Nos tocó subir al
escenario del
Club Huaico Hondo y por enésima vez repetir el ciclo: "temas
furiosos-decrecer-uno o dos lentos en el medio-rocanrrol al final"; y
en eso estaba, mientras me distraía paseando la mirada por
sobre
los que bailaban. Desde el escenario la vi. Ella bailaba suelto; su
cabellera larga y rubia se destacaba en la multitud. Noté
que
sobrepasaba en estatura a su acompañante. Como
aún nos
faltaba una actuación más, no pude sacarla a
bailar.
Después de tocar en otro club cuyo nombre no recuerdo,
regresé, solo, al Huaico Hondo BBC, para ver si la
encontraba.
La hallé y la invité a bailar. Pero no
habíamos
bailado tres temas aún, cuando el baile se
terminó.
Salimos con la multitud a la calle, además de ella y yo, su
amiga y el hermano. Amanecía ya. Por cierto, al despedirnos,
le
di un beso (muy casto). De tal modo comenzó una de esas
relaciones que elegiría sin vacilar si tuviese que
ejemplificar
lo que me sugiere la palabra "adolescencia".
Yo tenía quince años, Carmina
dieciséis. Mi
tío Lautaro la llamaba "Vikinga" y tío Jaime, que
debía ver naturalmente el lado cómico de las
cosas, dijo
que tenía la nariz como una zanahoria. Me llevaba como una
cabeza de altura (pero tuvo el buen tino de no usar taco alto ninguna
de las veces que salió conmigo, en esa primera etapa).
Sólo llegaba a nivelarme con ella cuando calzaba sandalias o
zapatillas. Fue ese primer obstáculo el que casi me aparta
de
Carmina. Como buen machista, me daba vergüenza que una mujer
pudiera ser más alta que yo. Me acuerdo la
desazón que
sentí al invitarla a bailar y empezó a
"desenrollarse".
Esa noche andaba de taco alto y casi me doy vuelta y la dejo sola en la
pista cuando me acerqué para tomarla de la cintura y
comprobé lo grandota que era. Pero ya mis sentimientos se
habían puesto en aquella actividad interior que se suscita
cuando el instinto avisa de la posibilidad de una aventura exitosa (con
una pieza, además, muy codiciable).
La noche siguiente nos encontramos, como a las nueve, en la placita San
Roque. Yo fui con Pecho -para su amiga Leticia-que era más
delgada y alta como ella, sólo que marcadamente morena.
Leticia
tenía, ahora que lo pienso, cierto parecido con la cantante
norteamericana Joan Báez. Estuvimos allí, en un
banco
umbrío de la plaza largo rato, hablando de
tonterías
probablemente, pues cuando alguien nos agrada el interés de
la
conversación no reside en lo que se dice sino en los
interlocutores. Pecho hacía la payasada de tratar de embocar
el
cigarrillo en los labios tirándolo desde la cintura (como en
la
película de Godard). Cuando regresamos, se había
nublado,
y por ese fenómeno tan frecuente en esas noches el cielo
había adquirido aquel irreal resplandor violáceo
que al
mismo tiempo me agradaba y me inquietaba. Se nos dio en caminar por
dentro del canal San Martín, que estaba sin agua. Como uno
va
calculando, cuando anda en plan de seducción, paralelamente
a lo
que se dice o se hace, cuáles son las condiciones
más
propicias para el éxito de su conquista, creo que la idea
fue
mía, ya que la hondura del canal -sus bordes llegaban hasta
más arriba de nuestras cabezas-brindaba una buena
protección contra miradas de transeúntes
ocasionales. Nos
detuvimos exactamente a la altura de la casa de Leticia -donde ambas
vivían-. Aquél era uno de los barrios
más extensos
de la ciudad y también uno de los más humildes
-pues
aunque en algunos lugares se podían ver casas de dos pisos,
bastante grandes y bien arregladas, también uno hallaba
familias
que habitaban en ranchos pequeñísimos, de lonas,
horcones
y adobe, sin puertas ni ventanas. Estos eran los dos extremos, ya que
la mayoría de los vecinos pertenecían a la
llamada "clase
trabajadora", denominación que en Santiago engloba tanto al
albañil como al dependiente de una tienda o al empleado
estatal
subalterno-, así que ninguna calle estaba pavimentada y muy
pocas tenían faroles. Aquello no era algo que me rechazara
por
cierto y no sólo porque favoreciera el propósito
que en
aquel momento llevaba; yo sentía un íntimo
placer, que
ahora puedo llamar artístico, en vagabundear por esos
lugares de
la ciudad en donde la tierra se manifestaba con sus accidentes
naturales, con sus colores y en donde podían hallarse las
plantas regionales y los olores secos del monte como si el demoledor
achatamiento de la urbanización, de algún modo,
hubiese
sido conjurado. Existe en esos caseríos humildes una
delicadísima afinidad entre el paisaje natural y las formas
creadas por los hombres. Como en un conmovedor coloquio las
ondulaciones de la tierra se seguían, por ejemplo, con una
verja
de troncos rústicos que parecía parida por la
tierra
misma, pero que nuestros sentidos reconocían como hechas por
los
dedos humanos; un árbol majestuoso cobijaba, como
acariciándolo, el techo de barro y ramas de un rancho.
Caminamos, pues, por el canal seco, como si nos abrazara la
tierra.
Me pareció que -como suele suceder en algunas muchachas que
se
inician en la práctica del amor-Carmina debía de
haber
reflexionado sobre el paso dado la noche anterior aceptando mi beso y
estaría sopesando los pro y los contra de esa
concesión,
que como yo pensé, había sido muy
rápida. Lo
cierto es que esa noche estaba muy nerviosa; apenas aceptó
que
la besara dos o tres veces y no permitió a mi mano derecha
descender más abajo de las vértebras lumbares,
por su
linda espalda, ni a la izquierda, ascender por su cintura
más
allá de las primeras costillas. Me dejó, lo
reconozco,
decepcionado. Unos días después me
enteré de que
un poco antes que a mí Carmina había conocido a
un
muchacho del barrio y le había hecho parecidas concesiones.
Su
vacilación oscilaba, entonces, solamente sobre la duda de
con
cuál de los dos quedarse finalmente.
Aquella noche no había sido feliz para Pecho.
En su caso, Leticia debía determinar con su
aceptación el
futuro de esta pareja, que nosotros queríamos armar desde
afuera. Leticia, al parecer, gustó muy poco de Pecho. "Es
una
negra boluda", me dijo Pecho al volver esa noche; palabras que me
bastaron para comprender que la muchacha lo había rechazado.
A
menudo me he sorprendido de mi incapacidad para prever hacia
quién puede volcarse el gusto femenino. Como en el gusto
interviene tal multitud de elementos psíquicos particulares,
variaciones sutiles de la conciencia y de lo inconsciente,
además del procesamiento personal de las pautas sociales,
sabido
es que en cuanto a lo referido a las personas que nos agradan,
terminamos enamorándonos siempre de nosotros mismos, pues
nos
enamoramos de aquellas que permiten, por su coincidencia con nuestros
más deleitables factores íntimos, la
proyección
-aun en grado parcial, a veces-de dichos factores en ellas,
proyección que, en la continuidad del proceso sentimental de
mutua aceptación, se va haciendo cada vez más
profundo,
razón por la cual terminan los amantes, en una
relación
fructífera -como la de algunos matrimonios de varios
años-pareciéndose asombrosamente el uno al otro.
En
aquellos tiempos yo ignoraba estas cuestiones, por lo que muy
frecuentemente fracasaba en la elección de pareja para las
amigas de las muchachas que salían conmigo. Pecho era rubio,
alto ,con un físico de gimnasta y "de buena familia",
razones
que según el criterio en boga tenían forzosamente
que
seducir a Leticia, quien era una muchacha de origen bastante humilde.
No se me hubiera ocurrido jamás por iniciativa propia
llevarlo,
por ejemplo a Boy, que era la antítesis de lo que entonces
se
consideraba el tipo interesante. Sin embargo, fue Boy finalmente quien
triunfó en esta lidia.
De un modo casual, al día siguiente Boy se coló
en esta
historia. Acabábamos de ensayar, en La Banda, cuando como
generalmente sucedía luego de los ensayos felices,
llegó
el momento de cruzarnos chistes y cargadas mientras
desarmábamos
los equipos. Estábamos de excelente humor. Fue entonces que
Boy
me dijo: "gato, sos un flor de hijo de puta, te levantas las mejores
minas y no sos capaz de compartir la otra gamba con un
compañero
del conjunto, siquiera" (esto era una broma con fondo serio, pues ellos
sabían que Carmina salía siempre con su amiga y
también del rebote de Pecho y ahora Boy -que se iba de boca
cuando se trataba de mujeres-se estaba postulando en primer
término para ocupar la vacante). Antes de salir
insistió
sobre el mismo tema. Yo pensé más en su
motocicleta
cuando le dije que viniera conmigo esa tarde. Después quise
convencerme de que Leticia había actuado por lo mismo, pero
ahora me doy cuenta de mi equivocación. Para mi sorpresa,
pues
lo consideraba bastante pavo, Boy fue la estrella de la jornada.
Llevó a Leticia a pasear en su hermosa motocicleta colorada
y la
morena volvió encantada con el muchacho. No había
manera
de convencerlo para que me prestara la moto (el negro era muy mezquino
y tenía presente además la tarde en que en un
descuido se
la había robado para irme hasta Clodomira, de donde
volví
a las tres horas, con el motor recalentado y el tanque
vacío);
el maldito estaba tan ensorbebecido por su triunfo inicial, que
pretendía paseármela también a
Carmina, quien
estaba impaciente por subir. Fue preciso llevarlo aparte y amenazarlo
con decir a Leticia que él era marcha atrás;
solamente
así me dejó salir al fin, no sin antes darme mil
recomendaciones, a pasear en su motocicleta, llevando a Carmina
atrás, aferrada a mi cintura. Había un sol
increíble. Hasta las seis anduvimos como a ciento cuarenta,
con
Carmina, por la costanera. En ese lapso conquistó a
Leticia.
A partir de allí, cada uno hizo sus propias citas y Leticia,
en
quien su interés por Boy superaba la misión que
al
parecer se había impuesto de cuidar la virginidad de su
amiga
-misión que sólo un año
después, al saber
quién era Leticia*, iría yo a comprender-nos
dejaba salir
solos (cosa posible también gracias a que Carmina se
había decidido por mí en su debate interior.
Claro que
todavía no sabía nada yo de tal debate. Lo supe
abruptamente a causa del incidente que narraré a
continuación).
Era una hermosa tarde del verano, fragante y fresco. Acababa de
oscurecer, aunque en el cielo aun quedaban retazos color
índigo.
Me había bañado y perfumado para la cita, me
había
puesto la hermosa remera roja, de un tela que recordaba a cierto tipo
de papel rugoso y agradable, que hacía unos días
le
había comprado al guitarrista tucumano de Los Kings y mi
"famoso" pantalón blanco. En aquel tiempo me peinaba a la
gomina. Mocasines rojos. La calle de tierra estaba desierta cuando
llegué y como aún faltaban unos diez minutos para
la
hora, hice una visita de cortesía a mi tío
Lautaro, que
tenía su almacén y vivía a media
cuadra de la casa
de Leticia. Tuve que soportar las chanzas de mi tío Jaime,
quien
por casualidad estaba allí y se burlaba de la
dedicación
con que yo cortejaba a la "gringa narigona". En mi familia se bromea
siempre sobre los enredos de sus miembros masculinos con las mujeres,
así que yo estaba acostumbrado a eso. Cuando
golpeé las
manos en casa de Leticia salió su madre a atenderme, pero al
parecer todo estaba preparado para que me observara la familia entera;
me presentaron a dos hermanas más, una tía y dos
hermanitos, que me rodearon mientras esperábamos, en la
puerta
de un patio que precedía a la casa de adobe blanqueado, pues
Carmina -me dijeron-estaba terminando de bañarse. No me
presentaron al padre y yo por discreción no
pregunté nada
(luego supe que no había padre allí). El grupo me
rodeó sin decir palabra y estuvimos en esa
situación,
para mí incómoda, hasta que apareció
Carmina.
Salió con un pantalón muy ajustado y una remera
tenue.
Luego de algunas recomendaciones de la madre de Leticia, en el sentido
de que vayamos mejor hacia el lado del centro (más nos
hubiera
valido seguirlas) salimos. Yo quería caminar
nomás por
los alrededores. Me llevaba a esta postura la especulación
con
las sombras y la soledad del lugar, que sugería a mi
imaginación un sinfín de posibilidades
excitantes.
En un barrio tan humilde como aquél una mujer como Carmina
debía llamar forzosamente la atención -digo mujer
pues
Carmina, a los dieciséis años ya lo era-; tan
alta,
curvilínea y rubia, con esa cabellera suavísima y
larga
cubriéndola como una lluvia de sol casi hasta la mitad de la
espalda, era imposible que pasara desapercibida, en aquel medio.
Caminamos largo rato por la orilla del canal, que ahora
producía
un melódico murmullo con su caudal reciente. Era noche de
luna
nueva, así que la oscuridad predominaba. Apenas como un
resplandor flotaba en el ambiente un lejano reflejo de las luces
débiles de las casas. Nos sentamos junto a un puente de
troncos;
Carmina empezó a tirar piedritas al agua. El momento era
delicioso. Ambos callábamos, gozando del olor a hojas que
traía la brisa, sin otro impulso que el estar
allí,
juntos, ella afirmada en mi pecho, yo rozando con mis labios la levedad
de su pelo. Casi ni notamos a los tres tipos que se habían
acercado, por el camino de la barranca, quienes a nuestra
percepción sin pensamientos aparecieron como
transeúntes
fantasmales, hasta oír una voz aguardentosa que se nos
dirigía:
-Hola, mi gringuita...
Uno de ellos se había acercado, mientras sus
compañeros
-dos sombras-aguardaban vigilantes a pocos pasos. Nos levantamos,
sorprendidos.
-¿Así que vos me quieres joder a mí,
porteñita?-continuó el que se había
arrimado. El
olor a vino de su aliento me llegó a través de la
atmósfera liviana. Carmina retrocedió, pero por
atrás corría el canal; de un salto el
borrachín la
tomó con su mano grande de la muñeca.
-¡Dejala!-grité -¿Quién
mierda sos vos?
Mientras decía esto me acerqué con los
puños
cerrados (pero asustado por el tamaño del otro) al borracho,
que
había retrocedido, arrastrando a Carmina con él.
Vi un
pequeño refucilo y con un
chasquido apareció la fina hoja de una sevillana en la mano
de uno de sus compañeros.
-¡Vete, Pepín! -pudo articular Carmina,
dirigiéndose a mí-... ¡Por favor,
andá a
buscar a la policía!...
-Vení, caquita -me invitaba el muchachón,
haciéndome señas con su mano libre
-¡Vení a
quitármela vos!
-Estás borracho Gabriel... después te vas a
arrepentir
-le decía Carmina. Y luego, volviéndose hacia
mí:
-te van a matar, Pepín, andá a buscar la
policía... ¡rápido, andá a
la
comisaría, que está aquí
cerca!...
Abochornado, con vergüenza de mi impotencia, me fui lo
más
rápidamente que pude. Por el camino se me ocurrió
pensar
que ella lo había llamado por su nombre...
¡Cómo!
¿Lo conocía? Estábamos muy cerca de la
casa de
Leticia, así que avisé primero allí.
La madre -se
ve que era muy brava-agarró un rebenque y saltó,
acompañada por la tía. "No llame a la
policía,
joven", me dijo: "Yo me basto para estos trompetas". Me
quedé
allí, cortado, sin saber qué hacer.
Decidí ir a
pedirle ayuda a mi tío Lautaro, que era un tipo grandote y
forzudo. Le conté el asunto y mi tío
decía: "Debe
ser el Gabrielucho, que andaba saliendo con ella, antes que vos" y se
reía: "¿Qué me voy a meter yo, si es
culpa de la
chinita, que se ha hecho la pícara con los dos?" Mi
tía
tampoco quería que Lautaro se complicara: "Es un buen
muchacho,
el Gabriel" -decía-"ahora andará un poco tomado,
pero no
le va a ir a pegar Lautaro... después vamos a tener
problemas
con la cuma Rosita, su madre...". De nuevo salí a la noche,
desolado.
Sin muchas ganas, empecé a caminar para el lado de la
policía. Apenas habré andado unos cincuenta
metros cuando
me la encuentro a doña Ermenegilda -madre de Leticia-que la
traía del brazo a Carmina. A rebencazo limpio los
había
corrido a los changos; "Ya le voy a contar a tu madre lo que andas
haciendo, Gabriel", le había gritado, "borracho y
faltándole el respeto a mi huéspeda...
¡qué
vergüenza! Y ustedes también... ¡vagos,
sotretas,
salgan de aquí!" Y ahí nomás
empezó a
revolear el rebenque. "No pegue, doña Erme, bromita
nomás
era..." gritaban los changos, atajándose como
podían.
Finalmente, habían huido. "No es nada -me dijo la vieja-,
son
muchachos buenos, trabajadores... los conozco a los tres...". Yo estaba
tan avergonzado que no podía hablar. Carmina ni me miraba y
ahora, pasado el mal momento, noté que estaba temblando.
Saludé a todos, un poco torpemente y me fui.
Después de aquel incidente, no quise ver de nuevo a Carmina.
Por
otra parte, aquella noche al despedirnos no se había dicho
nada
de un próximo encuentro. Ella no sabía mi
domicilio,
así que -en el caso hipotético de que deseara
hacerlo-si
me buscaba, le iba a ser muy difícil hallarme. Como si en
vez de
haber sido yo quien huyera esa noche todo hubiera sido un complot para
ridiculizarme, estaba enojado. Me pasaba cada vez que algún
suceso me dejaba (ante mi apreciación personal) como un
débil, el no hallar paz por largo tiempo, razón
por la
cual muchas veces me había lanzado a acciones sin
ningún
porvenir, con el objeto de convencerme de mi valía, pues en
el
complejo sistema de balanzas que constituía mi
equilibrio interior, causaba menos daño un fracaso que una
huída. Cuando me sucedía, odiaba
después todo lo
que me trajera alguna reminiscencia del maldito suceso. Practicaba en
mí mismo el aislamiento de las ideas relacionadas con
aquello y
tras bloquear psíquicamente la zona perturbadora, como si
los
hechos no hubieran existido, me dedicaba de nuevo a vivir tranquilo con
mi conciencia. Como debía hallar una
justificación no
relacionada con mis actos, tomé al vuelo la
cuestión de
que sólo luego del molesto incidente, Carmina me
habló de
la identidad de aquel borrachín -quien por otra parte era un
tipo como de veinte años, un viejo, para mí, en
aquella
época-que había bailado con ella varias veces,
antes de
conocernos y que como el lector imaginará a esta altura del
relato, había sido el competidor que provocara tantas dudas
en
ella en un principio. Pasó una semana pues, sin que yo
hiciera
el menor esfuerzo por verla -en aquel momento creía que todo
había acabado-, ni había modo al parecer de que
nos
halláramos. No ensayamos con el conjunto esa semana,
así
que tampoco vi a Boy. Sin embargo, supe después que ella me
había buscado. Fue a visitar -con Leticia-a mi
tío
Lautaro, con la esperanza de que yo apareciera por allí.
Leticia
preguntó por mi dirección, pero no se atrevieron
a venir
a casa. Una tarde -me enteré
después-habían pasado
varias veces por frente de donde yo vivía, sin avistarme. Si
me
encontraban afuera -me lo dijo Carmina-iban a fingir que andaban
paseando por allí, por casualidad.
La noche del entierro de carnaval debíamos tocar
exclusivamente
en el Parque de Grandes Espectáculos. Teníamos
que hacer
cuatro presentaciones, así que empezamos temprano.
Había
muy poca gente -serían las diez de la noche-, desperdigada
entre
las mesas que rodeaban la primera de las dos grandes pistas. Se
acostumbraba que la orquesta comenzara a tocar temprano para atraer a
los que se amontonaban en la puerta sin decidirse. Antes de ello, todos
querían asegurarse de que el baile "esté bueno" y
como
"estar bueno" significaba que hubiera bastantes muchachas dispuestas a
bailar, adentro, además de suficientes muchachos con
intención de invitarlas, pero todo el mundo
pretendía que
hubiesen entrado previamente a ellos una buena cantidad de ambos, por
el temor a ser los primeros, la gente se amontonaba en la
confitería El Kacuy (donde con una cerveza o una coca se
podía permanecer largo rato), frente a las
boleterías, o
en los senderos del Parque Aguirre, para observar el ingreso de los
demás. Yo no comprendía muy bien esto de empezar
a tocar
temprano (aunque lo aceptaba con gusto, pues ganábamos
tiempo)
para que la gente se decidiera; mejor dicho, no comprendí la
relación entre estos dos actos, pero, siempre con sorpresa,
comprobada indefectiblemente que bastaba con que se oyeran los primeros
sonidos de la orquesta, para que de afuera empezaran a brotar chicas y
muchachos, apresurándose por entrar, como si estos sonidos
hicieran el papel de precipitador químico en una
solución. Los dueños de locales "bailables"
tenían
bien contemplado este fenómeno, de modo que nos indicaban
habitualmente el momento de abrir la actuación.
Habíamos comenzado pues, a tocar. Es entonces que la veo,
entrando, con su pelo rubio al aire y su pantalón blanco. De
lejos adivino sus ojos siempre húmedos, esa
alegría de
encontrarme, la sonrisa de Carmina, que se mezcla siempre con un
temblor de la boca, pues al parecer en su interior algo emparenta las
alegrías con una especie de congoja vibrante, como en quien
luego de haber caminado mucho tiempo entre gentes extrañas
se
encuentra con su madre y advierte recién estando en sus
brazos
la magnitud de su orfandad anterior y entre las sonrisas, llora;
así parecía vivir Carmina sus
alegrías, caminando
por el delgado borde que separa la dicha de los dolores pasados,
comprendidos cabalmente sólo en el momento de superarlos.
Cacho
Monges, tapando el micrófono con la mano, se da vuelta y me
dice: "Ahí viene tu gringa". "No soy ciego", le contesto,
haciéndome el superduro y sigo tocando. Carmina deja a sus
amigas junto a la mesa y se acerca al escenario; "esta hermosa mujer",
me digo, "me ha sido dada a mí", asombrado de mi propia
suerte;
desde un costado, me tironea la botamanga del pantalón, me
saluda, contenta como una chiquilla y me pide que le dedique el tema
"La juventud", de Los Iracundos. Se queda, después, con los
brazos cruzados sobre el borde del escenario, la cabeza apoyada en los
brazos, escuchando.
Caminemos apurados,
con las manos en los hombros,
con la fuerza que nos da el amor;
natural es que luchemos
por un mundo mejor,
con la fuerza que nos da
la juventud...
canta Cacho Monges y le guiña un ojo a Carmina. Ella hace
fiestas. Me encanta su desprejuicio de muchachita porteña,
que
actúa con espontaneidad en un medio donde nadie la
conoce.
Esa noche bailábamos tan juntos que las demás
parejas nos
miraban sin disimulo. Ella tenía que doblar el cuello, como
una
garza, para apoyarlo en mi hombro; eso me favorecía, pues su
boca quedaba siempre al alcance de mi aliento, y estábamos
casi
todo el tiempo unidos; transpirábamos, nuestras humedades se
mezclaban; su cabello me caía suave por la espalda, sus
senos
pequeños, durísimos, bajo su delgada camisa y
sobre mi
delgada remera, parecían a punto de reventar contra mi
pecho;
notaba claramente que no llevaba corpiño, los pezones
endurecidos como bolitas de rulemanes se acurrucaban palpitando en el
hueco de mis pectorales; el tapacierres de su vaquero blanco me
hacía doler con su presión en la zona pelviana;
apenas
nos movíamos cubiertos por la multitud que tapaba la pista,
pero
nos movíamos lo suficiente como para demostrarnos nuestro
amor;
en esa ronda agónica, de friegas, abrazos desmayados y
transferencia a los labios de la principal función sexual,
estuvimos horas, sin prestar atención al moderado
escándalo que concitábamos. Iba a ser nuestra
última noche. Carmina viajaría al día
siguiente.
Al finalizar el baile nos llevaron en la camioneta del conjunto hasta
la casa de Leticia. Nos dejaron, en medio de la soledad del barrio,
frente al portón y se fueron todos a dormir. A esa hora ya
no
había colectivos: el primero pasaría a las cinco.
Eran
las tres y media. La parada más cercana quedaba sobre la
ruta 9,
a dos cuadras de allí. "Vamos, te acompaño un
rato", me
dijo Carmina. Por el camino, se quejaba: "ay, Pepín, no nos
vamos a ver más". Yo iba callado (como imaginaba que hubiera
hecho Delon en parecida circunstancia); además,
había
llegado ese momento de la noche, tantas veces vivido en que, luego de
acercarme al borde del exceso, suavemente mi cuerpo y mi mente parecen
entrar en una honda calma, una dulce armonía conmigo y con
lo
que sucede, me siento en paz y no preciso ya del artificio de la
palabra, me vuelvo pasivo, mi instinto percibe que no hace falta mi
participación ya para que los sucesos devengan buenos, la
noche
se adueña de mí; de algún modo, la
mujer que
está conmigo nota ésto y se vuelve más
activa, es
ella quien me envuelve ahora, sus caricias me encubren por completo;
como un niño, duermo... Hace frío... Carmina
quiere darme
tibieza con su cuerpo, pero ambos temblamos... Esto nos parece gracioso
y nos reímos a carcajadas. "Somos unos tontos", me dice:
"¿por qué no volvemos a casa a buscar
pulóveres?".
Lo hacemos. Me da un pulóver suyo, un "gordo" que me va
bien.
Ella se pone un chalequito mangas largas; reanimados volvemos al umbral
que habíamos encontrado, como a un nido; de nuevo en sus
brazos,
duermo... entre somnolencias, siento sus labios suaves que van y
vuelven por mi frente; me acaricia el pelo, sus dedos se enredan, ella
los desata amorosamente, apartando cada hebra con cuidado; me entrego,
me quedo inmóvil, las piernas dobladas entre las de ella,
mis
manos, juntas entre mis piernas; dormito; me envuelve el rostro como un
velo su cabello... comienza a desparramarse un claror sobre el cielo, a
verse el borde evanescente de las casas, el gris del pavimento; los
árboles, flacos, se manifiestan adormilados, como antiguos
amigos; a lo lejos, se ven dos faros...
-¡No!-me dice Carmina -¡No te vayas
todavía!...
Decidimos esperar el ómnibus siguiente. El colectivero,
solo,
nos observa sin interés; al pasar lentamente a nuestro lado,
me
lo figuro un marciano en la panza de un monstruo luminoso.
Recién en el tercero me voy. Una claridad rosada envuelve el
caserío de Huaico Hondo.
-No ganamos nada con prolongarlo unos minutos más-le digo,
recordando otra vez a El Samurai. Intento sacarme el
pulóver,
pero ella me detiene:
-Llevalo como recuerdo... de mí
Me ha pedido que no vaya esa tarde a la estación de tren, a
despedirla. "Las despedidas son tristes", acude al lugar
común y
seguramente lo cree. Pero esa tarde me llama por teléfono
para
decirme que vaya, que no puede soportar irse sin verme por
última vez. Me llevo a mi casa de recuerdo, como suele
suceder
en estos casos, su rostro bañado en lágrimas,
asomando a
la ventanilla del tren hasta desaparecer y sus dedos largos
agitándose en el aire.
La Plata, noviembre de
1981
* Leticia
resultó ser la mucama en casa de Carmina. También
su mejor amiga.
|