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Arrepentimiento
-Padre, perdóneme:
¡he pecado!- exclamé, en un súbito
rapto de compunción. El sacerdote estaba inmóvil
en su casilla de confesor, frente a mí.
-Tenga piedad de este miserable gusano... ¡no me niegue su
absolución! -imploré. Los ojos fríos
del padre estaban fijos en mi rostro; pero nada me respondía.
-¡Oh!... ¡Qué torpe y perverso he sido,
frágil hoja de alerce, juguete inerme en el torbellino de
mis innobles pasiones! ¡Violento y cruel, irreflexivo,
temerario desafiador de la ira de Dios!... El sacerdote ni se
movía.
-¡Malhaya la hora en que permití a mi mano volar a
la espada! ¡Malhaya mi sangre española, heredera
de endriagos milenarios! ¡Malhaya mi facilidad para la
estocada!... Nada me decía.
-Padre... ¿no ha de perdonarme? ¿Va a dejarme
cargar para siempre con esta cruz en mi conciencia? ¿Tan
terrible fue mi pecado?...
Tal iba a ser mi destino, al parecer, pues el cura no
modificó ni un ápice su fría
expresión. Me retiré, entonces, acongojado y
llorando. Por desgracia, mi estocada había sido demasiado
certera. Su corazón, agujereado, ya no le daba vida para
responder.
Hembra
Felipe estaba solo. Muy solo. Por eso
le pareció un sueño cuando la muchacha
aceptó bailar con él. (Y más
sueño le parecería luego, cuando aceptara ir a su
rancho).
Nadie la conocía. Las escasas mujeres del poblado la miraron
con odio. Y los hombres lo miraron a él con envidia, cuando
se la llevó. Necesitó dos tubos de ginebra para
animarse, pero lo hizo.
Nunca gozó Felipe deleites tan hondos y sostenidos como esa
noche, en su cama. Entre vahidos de placer le pidió, en la
oscuridad: "¡quédate a vivir conmigo!"
Ella aceptó.
En la rosada penumbra de la paloma Felipe recordó la noche
pasada, y percibió el bulto del cuerpo a su lado. Como quien
constata la materialidad de su dicha estiró la mano.
Tocó una piel peluda. De un salto, se levantó.
El grito debe haber asustado al animal, pues abandonó la
cama con la velocidad de un relámpago.
Dando un brinco poderoso la mula salió por la ventana.
Felipe, con la boca abierta, la vio perderse, entre las retamas.
Sangre
fría
Lo maté de un solo tiro.
Después, con mi cuchillo de caza, le corté la
cabeza y la tiré hacia atrás; sin darme vuelta a
mirar dónde caía, pedí tres deseos.
Finalmente me fui a desayunar (café con leche con
chipaquitos) al bar de la estación YPF.
Me percaté recién, a través del vidrio
sucio, que al salir había dejado desierta la sala de
videojuegos.
Amnesia
-Yo escribo para olvidar
-sostenía un poeta amigo de mi padre.
Trataba de justificar así quizá sus faltas de
ortografía.
Pues sus escritos prescindían fatalmente de puntos, comas,
haches, acentos o distinción alguna entre "ve" cortas o "be"
largas.
La Paja del Ojo
Germán Loy tuvo la posibilidad de editar una revista
perfecta. Púsole de nombre "La Paja del Ojo" (por aquello de
la vieja sentencia, y también porque sería un
verdadero eretismo para la visión). Polisémico
sentido.
No crean que exagero. La revista era un regodeo para los ex-tetas. Los
llevaba al límite.
En la tapa, verbigracia, solían alternarse los
Rúbens, Boticelli, con las mejores fotos de Drtikol,
Vallejo, Deborah Tuberville: salpimentando, Boccioni, Aleksander
Archipenko, Giacomo Balla, Carlo Carrá, Rougena Zatkova...
¡para qué seguir! Todo en huecograbado, papel
ochenta quilos, cada número venía en caja de
cartón.
El primer número detuvo los latidos de varios. De Leopoldo
Marechal, incluía dos poemas en cuerpo doce; Marinetti, un
poema, Juan L. Ortiz, un poema. En ficción, contaba con
cuentos de Juan Bautista Zalazar, Diana María Noronha, y un
inédito de Alberto Moravia. Artículos: La
influencia del barroco medieval en América, Alejo
Carpentier, Filosofía y Cultura, Luis Jorge Jalfen.
Era... cómo decir... como si a Marisa Berenson
veinteañera le hubieran injertado el talento de
María Callas y la inteligencia de Marguerite Yourcenar.
En la Academia de Bellas Artes se formaron grupos para degustarla de
consuno. La Paja del Ojo salía trimestral. Se esperaba su
llegada con ex, pec, tación.
Asesor visual: Carlos Alonso. Asesor literario: Juan José
Arreola. Diagramador: Fattoruso. Germán Loy estaba que no
cabía en mí de gozo. El éxito
había sido rotondo.
Pero duró poco.
El problema empezó con la preocupación de los
directivos de Bellas Artes (quienes, obviamente, no eran artistas). Los
alumnos se desviaban: gozaban. Esa inquietud fue llevada al concejo
deliberante, que en pleno consideró propicia la
cuestión para aumentarse las dietas. De allí
pasó a la legislatura. Los di, puta, dos, luego de imitar el
edificante ejemplo de sus colegas conce, já, les -en lo
referido a las dietas-, pasaron el asunto a comisión, con lo
cual se dio oportunidad de crear cinco nuevos cargos de secretarias y
taquígrafos. Finalmente el asunto fue a recalar en el
Ministerio del Interior.
El impertérrito, previa consulta a la Suprema Corte,
ordenó ipso pucho clausurar La Paja del Ojo.
Razones: ningún Derecho, desde el Mosaico hasta el Romano,
el Francés ni el Johnsoniano, contemplaban en sus
articuliados la posibilidad del orgasmo colectivo. Por tanto, no
existía. Y un hecho que no existe, no puede seguir
sucediendo. Ergo: La Paja del Ojo, no podía seguir saliendo.
Germán Loy se preguntaba, tristemente, si luego de haber
beneficiado a tantos legisladores no merecía se hubiera
decretado algún arti (culito) ad-hoc. O al menos que,
personalmente, lo pensionaran por inhabilitación
ex-tética. Y mientras esto pensaba, untaba, con chimichurri,
el panchito, que ofrecía al gusto popular en la bizarra
esquina de Sarachaga y Fragueiro.
Fernández,
en junio de 1988.
Tribulaciones de un escarabajo
Gregorio Samsa patalea panza arriba, mientras lo ataca una
legión de hormigas coloradas. Los animales, seguros en su
superioridad numérica, avanzan sin apuro, con las fauces
abiertas. Gregorio se siente al borde de la desesperación.
Lo inmovilizan el cansancio y el pavor, y se queda quieto, entregado a
su suerte.
En eso ve unos inmensos pedúnculos rosados, que lo toman con
firmeza, pero sin lastimarlo. Se siente levantado. Sin
transición se ha incorporado a su mente otro temor. Pero al
menos -piensa- me han sacado del peligro de las hormigas.
La fuerza lo deposita en una jaula transparente. En los rincones, hay
comida. Gregorio comprende que ha sido hecho prisionero. La angustia
parece no tener fin. Pero se consuela, diciéndose que es
preferible estar preso y no despedazado.
* * *
El doctor Juhazs, entomólogo, se despertó en la
noche al oír un fuerte ruido que venía de su
laboratorio. Cuando abrió la puerta encontró,
entre los tablones de la estantería desbaratada, a un
hombre. Llevaba traje gris oscuro, era delgado, tenía
grandes orejas y parecía muy aturdido. Observó
también que tenía raspones en la cara y en las
manos.
-Bueno -le dijo el doctor, que era un hombre aplomado
-podríamos tomar un tecito, mientras conversamos.
La
Cultura
A
Mempo Giardinelli
Cuando conseguí escalar
los peldaños de piedra de La Cultura luego de intentarlo por
caminos cerrados durante muchos años, me
sobrecogió una escena impresionante.
Hacía frío. En su cima -era muy alto-
llegué a sentarme completamente desnudo.
Desde allí se veía la mera Tierra, mas los otros
edificios habían desaparecido.
Todo era un desierto. Las nubes se habían convertido en
gases de color violeta pálido, y envolvían al
mundo hasta donde se podía ver.
Cuando percibí las nubes nuestro cielo estaba tibio, ya no
sentí más frío.
Entonces arribó un pájaro muy grande, parecido al
cóndor. Y desplegando sus alas, se me acercó para
dejar caer un envoltorio de trapo muy rústico. Lo
tomé y lo abrí.
Adentro había un manojo de tierra, y unos granos rugosos,
pinteados de color ocre. Después ya no pude ver, pues me
quedé dormido.
Al despertar me encontré cubierto, por una enredadera en
flor. Campanas rojas se apoyaban en mi frente, y en el centro mismo de
la planta respiraba una flor blanca.
Desde la distancia me pareció que el sol inspiraba a esa
planta un cierto fulgor.
Y en tal instante mi corazón se sintió feliz y
muy contento, de una manera que jamás antes había
presentido.
Vida
de pobre
Mi padre se niega a darme dinero. Voy
a la pieza de mi abuela y a duras penas consigo extraerle dos billetes:
uno de diez mil y otro de quince mil pesos. Voy al estudio de abogado
de mi amiga Nadia, pero lo pienso mejor, y antes de entrar prefiero
visitar a su tío y de paso cambiar el dinero.
El Turco Julián está como siempre, tras del
mostrador con la caja. Este hombre acaricia dinero inmundo todo el
día -pienso- y luego intenta escribir poesía. Lo
peor es que haya "profesores de literatura" que encima le llaman
"poeta". Es obeso, calza pesados anteojos de miope, sobre su nariz de
carancho pichón.
Debo hacer cola. En la cola me toca pararme detrás de una
criollita deliciosa, muy pintada, que me dedica una sonrisa. Pero
después se hace a lado. En menos tiempo del que pensaba
llego al mostrador. El Turco, por reflejo negativo, me dice que duda si
tiene cambio, pero como me considera "un colega" (en el
ámbito de las letras) finalmente saca el dinero y me lo
entrega, luego de sujetar mi crujiente billete colorado.
En el momento en que lo guardaba me entra la duda de si le
habré dado un billete de diez o de quince mil pesos. Siempre
soy un poco distraído con la plata. La vez pasada se me
cayó todo lo que tenía en el bolsillo del
pantalón, al pedalear en mi alta bicicleta. Comoquiera que
fuese, ya me resigno. Ahora no sé bien cuánto
tengo.
Al llegar al rancho donde habito, solo, encuentro que me
está esperando mi tío. Sin permitirme que abra la
boca, me dice que deje ya de joder con hacerme el pobre. Y me entrega
la llave de mi BMW, para que vaya otra vez a dirigir las empresas de la
familia.
Fernández
por la ventana de mi taller
Una tarde diáfana de
principios del invierno. El sol cayendo despacio, ilumina las hojas de
los árboles con un amarillo transparente. Las paredes
blancas de las casitas, facetadas por las sombras difuminadas y los
reflejos rojos de las tejas.
Verjas con lajas, verjas con revoques rugosos, con rejas blancas, con
rejas rojas. Un quiosco. La columna del alumbrado como un gigante flaco
abriendo los brazos: sobre uno de ellos, un pájaro. Cables,
hacia el sur y hacia el norte, cruzando postes negros a
través de aislantes de loza fusiformes, subiendo, bajando,
entrando y saliendo de las casas.
Un perro que ladra en las cercanías -siempre hay un perro
que ladra, aquí. Rumor de autos lejanos; alguno pasa de a
ratos por frente al rectángulo de la ventana. Cuando pasan,
levantan un polvillo moroso que cambia el ambiente por unos instantes,
formando una niebla leve que tamiza la luz ya distante del sol.
Gajos oscuros de paraísos, saturados de pocotos amarillos
que parecen absorber todo el resplandor del ocaso. Contrastes agudos
entre los racimos de hojas iluminadas y los que le siguen
inmediatamente debajo; verde brillante, amarillo, y sombra; verde
oscuro y sombra.
Un pollo bermejo holgazanea por entre el césped cuidado del
jardín de enfrente. Dos caballos sufridos y marrones pastan
tranquilamente entre la vereda y el pavimento, seleccionando
cuidadosamente las hierbas. Varios niños juegan y corren,
llenando de grititos alegres el silencio, antes cargado de sonidos
opacos. Prendo la radio para escuchar música.
Me entero de que están atacando con misiles valuados en un
millón de dólares cada uno al país que
en otro tiempo, albergó a Gilgamesh.
Hipóstasis
1
Sólo el canto triste de la
corneja rompe el silencio gris y me acompaña.
La oración extiende unos dedos largos, se desliza entre
cuadros amarillos y va llenando de fantasmas la habitación.
Aquí habitó alguna vez la luz. Sobre el sencillo
tapizado del sillón, en otros tiempos, se posaron tus
espaldas.
¿De dónde te oigo? En momentos de extendida
soledad fluye, como una sombra transparente, atraviesa con rozar de
tules, tu presencia.
¿A dónde vas? ¿Por qué no
quedas?
El día ha terminado y no has querido acariciarme, hoy
tampoco.
Estoy solo, frente a mis papeles.
Voy a seguir esperando. Tal vez mañana pueda verte.
2
Busca -busco- en el vacío
de la noche una señal que nos sitúe, en
algún sentido -cualquiera sea- para orientar los pasos.
Bajo la llovizna, los faroles lejanos han hecho azul el brillo de las
calles mojadas, y no hay sonidos, más que el sonido del
girar del Universo.
Cae la lluvia lentamente. Asusta el rumor rabioso de un auto, que pasa
como una liebre, mojándome, a mi lado, y se pierde en la
noche.
Alguien está parado en la esquina, bajo la lluvia, bajo el
farol.
Ni me apuro ni me detengo, pues sé que mis pasos, con
sólo dejarlos que me lleven, en algún momento
cercano pueden dejarme frente a esa figura inmóvil.
Llueve con líneas azules. Me acerco a la figura, envuelta en
un impermeable con capucha. Me mira.
Es una mujer, como de treinta años.
Está pálida como una porcelana.
Las gotas de lluvia chorrean lentamente sobre su piel.
Me mira.
Sus ojos, grandes, son oscuros.
Estamos así, durante un largo rato, bajo la llovizna.
Después, yo me doy vuelta, y me voy llorando.
3
Hasta aquí ha llegado el perfume de tu voz.
Bordando el marco de la ventana, las gotas.
Tiemblan, colgando de los vidrios, se alargan, y a través
suyo se ven
las copas de los árboles y el jardín.
Espero anhelante, como el personaje de un sueño,
porque sé que has de aparecer.
Por el sendero se oye el murmullo de tus pasos rápidos.
Vuelca de pronto en el cielo una nube su luz.
No puedo apartarme y dejar de mirar, a través de las gotas;
creo que soy feliz.
Te veo, reducida y multiplicada, a través de las gotas de
lluvia.
Aún estoy frente a la ventana cuando tu cabello humedecido
me roza la piel.
Cárcel de
Córdoba, 6 de diciembre de 1979.
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